miércoles, 13 de febrero de 2008

Rojo sobre Azul o Seda Rosa



New York, años 40.

Todo el color del blanco y negro de unos ojos que observan detrás de una cortina de humo.

I
La habitación estaba cubierta por un salpullido rojo intenso sobre el azul cielo del papel de las paredes y el color sepia de los cuadros con dibujos de bailarinas. Era un dormitorio de clase alta, con sus muebles de madera maciza y telas de calidad, nada de las fibras sintéticas que acababan de salir al mercado. De esos detalles, que para otros detectives pasaban desapercibidos, el detective Newman había aprendido, en sus casi quince años de servicio, que podía obtener mucha información. Observaba las escenas de los crímenes tras la cortina de humo de su cigarrillo. Esa impresión de irrealidad, de distorsión de la imagen, le proporcionaba la distancia necesaria para poder afrontar el caso con la mayor objetividad posible. Se acercó a la cama. El desafortunado Paul Templeton estaba desnudo tendido boca abajo. Newman ladeó su sombrero para poder estudiar mejor la posición del cuerpo. Tenía las manos y los pies atados a la cama con cintas de raso rosa. Le habían ligado demasiado fuerte ya que tenía unos incipientes moratones en las muñecas y los tobillos. Se había dejado atar: se habían entretenido en sujetarlo enérgicamente y en hacer unas bonitas lazadas en cada extremidad. Contó las incisiones que había sobre el cuerpo ensangrentado. Una, dos, tres, cuatro… hasta doce. Toda la espalda y las nalgas estaban cubiertas de unas brechas de unos cuatro centímetros por las que había brotado mucha sangre. El arma debía tener un buen filo y una hoja bastante grande.
- Detective, mire.
El agente había encontrado debajo de la cama un cuchillo cebollero con una cuchilla de la medida exacta de los cortes, impregnado de sangre.
- Compruebe si falta algún cuchillo en la cocina. Cuidado con las huellas.
- Sí, señor.
El agente de policía obedeció raudo las órdenes dadas por el detective. Sacó las manos de los bolsillos de la gabardina y cogió la foto de bodas que estaba sobre la mesilla. Allí pudo observar a Paul vestido de frac, gordinflón y sonrosado, cincuenta años, contento, parecía un hombre afable, al lado de su bella y joven esposa. Rubia, melena ondulada tapándole la mitad de la cara y dejando al descubierto un ojo hipnotizador en verde y unos labios carnosos en rojo sangre. No parecía contenta ni triste, su rostro era frío como el hielo, pero atraía como un imán. Se dirigió hacia el secreter; como no encontraba la llave, sacó un pequeño ganchillo de un estuche de piel que guardaba en el bolsillo de la gabardina y lo abrió. Ojeó las cartas, las facturas, las libretas de los bancos… Desde luego las empresas de la construcción daban pingües beneficios, el difunto señor Templeton estaba forrado. Abrió la agenda y repasó la última semana. Las mayúsculas MP habían llamado poderosamente su atención ya que aparecían repetidas veces y a diferentes horas, incluso en ese mismo día a las 13'30. Dejó todo sin ordenar en el mueble, dio otro vistazo general a la habitación y salió.
Mientras bajaba las escaleras, escribió en su block de notas garabatos ilegibles para cualquier otro. Apagó lo que quedaba de su cigarro en un cenicero del hall y se fue directo al salón donde la serena viuda estaba sentada en un enorme sofá con estampado de flores rodeada de agentes. La luz de una lámpara de pie al lado del sofá alumbraba únicamente a la mujer vestida con un salto de cama azul, azul cielo. Se quitó el sombrero y se acercó hacia ella. La señora Templeton le miró fijamente, sin parpadear, no le impresionaba en absoluto el detective más reconocido de toda la comisaria sexta del distrito norte de New York. ¿Por qué había de impresionarle? Fue ella quien llamó a la policía.
- Señora Templeton, ¿puedo hacerle unas preguntas antes de ir a la comisaria?
Le mantenía la mirada. No había ni un rastro de lágrimas en su rostro, ni de dolor, ni de arrepentimiento, de nada, era un busto marmóreo.
- Por supuesto, capitán, haga lo que tenga que hacer.
- Detective, señora, soy el detective Charles Newman. ¿Fuma?
Asintió con la cabeza. Charles sacó su cajetilla de tabaco, le ofreció uno, se puso otro en la boca, encendió un fósforo y se lo acerco al pulido mármol. Sólo entonces ella bajó la mirada hacia el cigarrillo, cerró los ojos, absorbió el fuego que se comía el cigarrillo, inclinó la cabeza con su dorada melena hacia atrás y expulsó el humo lentamente. Sus dedos índice y pulgar de la mano derecha recogieron una pequeña mota de tabaco que había quedado en su lengua, está sí, húmeda.
- Supongo que mi compañero le explicó que tiene derecho a un abogado y que todo lo que diga podrá ser utilizado en su contra.
- Sí, lo sé, pero no quiero abogado.
- Tal vez deba pensarlo, es un delito muy grave.
- Pregunte lo que quiera señor Newman, no quiero abogado, soy culpable.
- Usted llamó a las dos de la madrugada a la policía para decir que había matado a su esposo; al agente que la entrevistó antes le dijo que lo había matado porque le era infiel –la señora Templeton asentía con la cabeza-. ¿Fue ese el motivo?
- Dilapidaba nuestro dinero en prostíbulos, no pude soportar su deslealtad, su falta de respeto.
- ¿Planeó usted lo que iba a hacer?
- Sí, hoy era nuestro aniversario de bodas. Le dije que no quería ir a ningún sitio, que me apetecía quedarme en casa. Preparé una cena como a él le gustaba: pastel de verduras, pavo relleno, confitura de arándanos, puré de patata y tarta de manzana. Cuando acabó de cenar, deberían ser las diez y media, estaba un poco bebido. Así que no me fue difícil convencerlo para que se tumbara boca abajo en la cama y de que se dejara atar. A él le gustaban este tipo de juegos –hizo una pausa, volvió a darle una intensa calada al cigarrillo y devolvió los ojos a los del detective-. El resto ya lo sabe.
- No, señora, no lo sé. Dígamelo usted, necesito que me lo cuente.
- Ya antes había dejado el cuchillo de cocina debajo de la cama y, una vez atado, me puse encima de el a horcajadas y empecé a acuchillarlo una vez tras otra –ni un músculo se movió en la cara de Sara Templeton al pronunciar estas palabras.
- ¿Cuántas veces?
- No lo recuerdo.
- ¿A qué hora?
- No lo sé, perdí la noción del tiempo. Acabé exhausta y no sé cuánto tarde en llamarlos.
- ¿Me puede enseñar las manos, señora?
Sara se colocó el cilindro humeante en los labios y le extendió las manos al detective Newman. Eran manos blancas como su bello rostro, a juego con toda la anatomía: uñas arregladas, largas, pintadas de un granate intenso, ni una sola estaba rota o desconchada; las palmas limpias; la parte del envés de las uñas no tenían ni una mota de polvo, ni un nimio tono de rojo; manos impolutas, alargadas, sensuales y delicadas.
- Tiene usted mucha fuerza para atar así a su marido, señora Templeton, y para atestarle tantas puñaladas seguidas.
La señora no contestó, volvió a absorber el humo con avidez y expulsarlo de tal manera que al detective Newman le pareció el gesto más sensual del mundo.
- ¿Puede decirme qué significan para usted las iníciales MP?
Sara Templeton tardó un par de segundos en contestar.
- No, no tengo ni idea.
Esta vez ocultó sus ojos tras una larga bocanada de humo.
- ¿Quiere cambiar su declaración, señora?
- No.
- ¿Sabe que le pueden condenar a cadena perpetua?
- Sí.
Newman hizo un gesto y todos se pusieron en marcha: había que irse a la comisaría con la detenida. El suave tacto de la piel de la señora Templeton hizo titubear al detective al ponerle las esposas.


II
Newman había pasado tres días de intenso trabajo hablando con familiares, amigos y empleados de los Templeton. Todos coincidían que formaban una pareja extraña, que no pegaban, pero su actitud en el barrio y durante los dos años de casados siempre había sido educada y amable. El señor Templeton era un buen jefe y sus empleados estaban muy contentos con él. No parecían tener enemigos. Paul Templeton no tenía más familia que su mujer. Había sido hijo único y sus padres murieron hacía muchos años; mantenía en una residencia para la tercera edad a una tía, hermana de su madre, muy anciana. La señora Templeton tenía un hermano al que le unía una fuerte relación. Un accidente de tráfico segó la vida de los padres de Mathew y Sara Straight. Mathew tenía dieciocho años y se quedó al cargo de su hermana de cuatro; dejó sus estudios y se puso a trabajar para proporcionarle una esmerada educación y todos los caprichos que una niña pudiera desear. Parecía un tanto inexplicable la atracción de una hermosa joven de veinticinco años hacia un hombre poco agraciado y que le doblaba la edad. Newman pensó que tal vez la cuenta corriente era lo que más pudo cautivarla, para acabar con la dependencia de su hermano y devolverle así los desvelos que había tenido que soportar por ella.
Respecto a la declaración de la señora Templeton, Newman no pudo comprobar que su marido fuera un asiduo cliente de ningún prostíbulo de la ciudad, pero a uno de sus soplones sí le sonaba la "cara de ese gordito" a la entrada de locales muy selectos de admisión muy restringida, vigilada por matones. Las secretarias de la empresa declararon que le desconocían una relación con ese tipo de mujeres y que no podían imaginarse al señor Templeton yendo de putas, esto acompañado de risitas ahogadas tras una tos. No había sido la única inexactitud en la declaración de la señora Templeton, la hora de la muerte no coincidía con su relato. Según el forense el cadáver tenía una temperatura de 22'5 grados, lo que situaba la hora de la muerte a las 15, no alrededor de la una o dos de la madrugada como atestigua la viuda. ¿Por qué mentía la dama?
Después de un largo interrogatorio en la comisaria, antes de ser trasladada al penal como preventiva, Newman no había conseguido hacer cambiar la declaración de Sara Templeton ni que ésta accediera a ser defendida por un abogado. El detective rehusó volver a entrevistarla hasta no tener más pruebas. Además, esa mirada gélida y glauca se había colado en sus sueños, no se sentía seguro teniéndola tan cerca.
Hoy volvía a hablar con Mathew. La primera vez que lo entrevistó, el día de después, estaba demasiado conmocionado como para poder realizar una entrevista en condiciones, por lo que Newman decidió posponerla. Había buscado las partidas de nacimiento de los Straight y el historial escolar de Sara para comprobar que, al menos, los datos respecto a su vida antes del matrimonio fueran ciertos. Esperaba que ya se hubiera tranquilizado, tenía temas muy interesantes que tratar con él.
Mathew Straight llegó puntual e impecable. Traje cruzado azul marino, con botones dorados, camisa blanca y, al cuello, un pañuelo de seda rosa; pelo hacia atrás engominado y cejas peinadas; estrecha línea negra casi recta sobre el labio superior. Fumaba con boquilla larga, como las mujeres. Tras unos minutos, el detective le pidió que le contara su vida y la de Sara. Él confirmó el accidente de los padres y la delicada situación en la que quedaron ellos dos para salir adelante. Trabajó como camarero, dependiente en una tienda de recambios, en supermercado, repartidor… Hasta que se colocó como vendedor en la constructora del señor Templeton. Cuatro años atrás, las ventas que hizo durante el verano fueron espectaculares y el señor Templeton se interesó por él. Un año después, le ofreció el puesto de jefe de ventas de la zona de Manhattan y comenzó una relación más estrecha. Fue entonces cuando conoció a Sara y se quedó prendado de ella. Un año después se casaron.
- Sara nunca estuvo enamorada de él, pero entendió que era su oportunidad para ser libre, para dejar de depender de mí y devolverme la deuda que ella sentía que tenía conmigo. Le dije que se lo pensara, pero ella es muy tozuda, detective.
- Aja. Entiendo. ¿Usted sabía que su cuñado era un cliente asiduo en los prostíbulos?
Mathew puso un gesto de escandalizado, se tapó la boca con las manos portadoras de manicura y exclamó.
- ¡Por Dios, qué vergüenza! Me lo dijo mi hermana, yo no lo podía creer.
- ¿Cuándo se lo dijo?
- Pues, no sé, no recuerdo, pero hacía unas semanas, puede ser –propinó una estentórea calada a la boquilla que chocó contra sus dientes amarillos haciendo un ruido que sonaba a mentira…
- ¿Dónde estaba usted el día de los hechos a las 13'30, señor Straight?
- Pues, a esas horas suelo comer, creo que ese día estaba en casa.
- Pero usted no suele comer en su casa ¿no es cierto?
- Está en lo cierto, detective, pero aquel día me dolía enormemente la cabeza y me tuve que ir a mi apartamento.
- ¿Le suenan las iníciales MP?
A Mathew empezaba a temblarle la delgada boquilla en aquellos dedos tan largos como los de su hermana.
- No, no, no sé qué pueden significar.
- Yo creo que sí que lo sabe, lo sabe muy bien.
Esta vez, con el tembleque, la boquilla se le cayó al suelo.
- Vaya, qué torpe soy.
- ¿Quiere un cigarrillo?
- No, no, gracias, hoy se me cae todo de las manos –y una sonrisita nerviosa se le escapó entre los dientes.
Newman se encendió un pitillo. Hacía ya unas horas que tenía claro lo sucedido, pero quería saborear el momento. Detrás del tenue visillo del humo, Mathew Straight ya no podía ocultar su malestar.
- ¿Cómo se llama, señor Straight?
- ¡Qué pregunta, detective! Usted ya lo sabe.
- Dígame su nombre completo, por favor.
- Mathew Philip Straigt –dijo como un niño contrariado que ha de repetir la frase.
- ¿Se veía a menudo con su cuñado?
- Por supuesto, además de mi cuñado era mi jefe y cada domingo iba a comer a su casa. ¿Qué hay de anormal en eso?
- Nada, absolutamente nada. Lo que yo quería decir es si se veía con él fuera de esas ocasiones.
Mathew se puso completamente colorado, la boquilla no temblaba pues estaba sobre la mesa tan huérfana como los hermanos Straight, pero el resto del cuerpo del hombre que estaba sentado en frente del detective era una masa de gelatina en plena agitación acompañada de gotas de sudor. El detective sacó de su dossier la agenda del señor Templeton y leyó en voz alta todas las citas que el muerto había tenido con MP en el último mes, incluida la del día del asesinato. Mathew sudaba mucho.
- ¿Sabe, señor Straight? He estado dándole vueltas al tema y he llegado a la conclusión de que su hermana no me ha mentido del todo. Su marido no iba a prostíbulos, pero iba a locales de… como lo podríamos llamar –y dio una calada a su cigarro esperando ver en los ojos del que tenía delante verdadero pánico- de "ambiente". Es decir, por si no lo entiende, su cuñado era homosexual.
Mathew se había quedado blanco, mudo, si no hubiera estado sentado se hubiera caído al suelo.
- Seguiré. Su hermana lo sabía, pero, como usted bien ha dicho, la señorita Sara se siente en deuda con su hermano. Así que, a pesar de todo, decide casarse con un hombre que no la ama, que no la puede amar, que no la amará. Todo por aparentar. Pero me da la sensación, soy un hombre muy intuitivo, señor Straight, aunque no lo parezca, de que el señor Templeton sí se casó, sí que el día que lo asesinaron estaba celebrando su boda. Se casó, en secreto, de forma velada, con usted.
Straight se arrancó el pañuelo del cuello y empezó a secarse la frente.
- Quiero un abogado. Hasta ahora he accedido a todo de buena fe, ahora exijo un abogado.
- ¿Un abogado, cabrón? ¿Cómo puede ser tan egoísta? Piense en su hermana, en lo que le puede caer por encubrirle.
- ¿Qué dice? No sabe nada, no son más que conjeturas…
- Déjeme, déjeme que siga con mis conjeturas. Ese día ustedes dos celebraban el aniversario durante la comida, alrededor de las 13'30 horas, supongo que la pobre Sara debió marcharse a comprar para dejarlos tranquilos. Pero usted tenía otra cosa que celebrar. Se había enterado de que desde hacía más de un mes, Paul iba a un local muy exclusivo donde ricos homosexuales se encontraban con otras parejas. Y eso era superior a sus fuerzas, no soportó que le gustaran los chicos jóvenes, que pagara por un placer que usted podía satisfacer perfectamente.
- ¿Qué está diciendo…? –el hilo de voz que aún le quedaba se le agotó en la última palabra.
- Y la pobre y abnegada Sara aguantando los dos años de su matrimonio ficticio, disimulando, ocultando la verdad, sólo por usted, solo por usted ella renunció a poder tener una pareja, a tener su propia vida, siempre dependiente de usted y de su amante.
Mathew Straight hizo el ademán de levantarse, pero el detective le propinó un buen empujón en los hombros que lo volvió a dejar pegado a la silla.
- ¿Sabe? Su hermana no tiene la fuerza suficiente en esas manos para atar como usted ató a su amante en la cama, con unos bonitos lazos, sí, señor; tampoco tiene la fuerza de propinar doce puñaladas tan profundas, una detrás de otra; y a su hermana nunca se le hubiera ocurrido asestarle la última en el ano. Su hermana no hubiera hecho eso nunca. ¿Qué va a hacer por su hermana ahora? ¿Va a permitir que se pudra en la cárcel por el resto de sus días? Ella está dispuesta a hacerlo y ¿usted?
Un ataque de nervios y llanto hizo aflorar el remordimiento y la culpa de Mathew. Tras unos minutos de histerismo y una copa de coñac, Mathew Straight corroboró los hechos y firmó su culpabilidad.

III
Ese mismo día, a las diez de la noche, Sara Templeton salió de la cárcel. Afuera, un destartalado Chevrolet rojo la estaba esperando. Un denso humo salía de la ventanilla bajada, debajo de un sombrero ladeado. Taconeando lentamente, Sara se dirigió hacia él.
- ¿Le llevo a algún sitio, señorita Straight?
- Una copa me sentaría bien.
Se subió al coche, Newman le encendió un cigarrillo y se lo pasó.
- No, gracias, no fumo.
El detective se echó hacia atrás el sombrero para poder observar mejor la cara de la rubia y comprobar que no lo volvía a engañar. Con la melena cogida en un moño alto, sus ojos verdes iluminaban la cabina y su amarga sonrisa lucía unos dientes perfectos, antesala a la concavidad donde esperaba poder penetrar no muy tarde.
- Creo que he de dejar de mentirte de ahora en adelante.
Puso el cigarro en sus labios y se colocó el sombrero con una sonrisa complaciente. Arrancó el coche en dirección al resto de su vida.

© Anabel

15 comentarios:

azpeitia dijo...

Anabel leerte es una delicia, me encantan tus relatos y me arrastran como las olas de mi mar cantábrico...un beso y gracias por tus palabras....azpeitia

En el 5º anillo de Saturno dijo...

Paso sin llamar
También puedes entrar tú sin llamar al quinto anillo de Saturno.De hecho,no hay puerta!
"El coche en dirección al resto de su vida" Precioso.Tanto su significado como la forma en que lo expresas.
Mi más sincera enhorabuena
Un abrazo muy grande
Besos
*Tuki

azpeitia dijo...

Anabel tengo problemas en el correo y no te puedo contestar normalmente....un beso...azpeitia

MOIRA dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
MOIRA dijo...

Precioso,me trasladé junto al inspector a ese cuarto..pude oler su cigarrillo..
Me encantó cuentista de las palabras!!!

Besos de lunes lunero

azpeitia dijo...

Pues no tienes por que decir "basta" porque no te voy a hacer caso, ya sabes que esto de internet de momento es una Oklocracia que es mucho mas multitudinario que una Democracia...un besazo de un vasco a una catalana (a ver si nos meten en la carcel por nacionalistas ahora que Zapatero le está viendo las orejas al Lobo)

tu admirador....(de tus cuentos) azpeitia

Otra vez a viajar al olvido... dijo...

uffff, terminé, hermoso!

azpeitia dijo...

Anabel estas en un período de reconsideración, metafísica?...iré a tu otra página por ver si has puesto algo nuevo...sabes que me encantan tus relatos, que siempre están llenos de fuerza...un abrazo muy grande de azpeitia (el honor de que entres en mi página es mío...)

Celia Rivera Gutierrez dijo...

Eres una excelente escritora, me tenias en vilo, aunque desde un principio hacia suponer el posible desenlace. Pues no es lógico que alguien se culpe así mismo y se mantenga impávido.

Disculpa mi intromisión sin ser invitada a tus letras
Celia Rivera Gutiérrez

tiano dijo...

semeescapaeltiempo.blogspot.com

MARY dijo...

Anabel qué bien escribes y menuda historia más interesante... Yo también escribo aunque desde luego me superas. Ha sido un agrado pasar por tu blog.
Saludos

Nieves Hidalgo dijo...

¡Qué buena historia! Otra vez, ha sido un placer leerte.

Un beso.

azpeitia dijo...

Vengo a leerte y no estas...te espero....un beso de azpeitia

Mario dijo...

Hola...
Regreso para ver lo nuevo, o para redisfrutar con lo menos nuevo.
Y para dejarte un saludo, escrito.

Hasta pronto.

Mario

Manuel Pieruzzi dijo...

Lindos relatos Anabel! Estoy comenzando en el mundo de los blogs y ha sido grato encontrarme con tus relatos...

Te invito a ver mis trabajos y puedas comentar que te parecen!

Saludos.